miércoles, 1 de enero de 2014

Mi balance del año 2013

A veces, mientras vivimos, nos golpeamos. Somos como un niño que tropieza mientras juega en el jardín, o como una persona que se golpea un dedo del pie contra la mesa del living room. Excepto que estos golpes son golpes abstractos. Nos pasa a todos.
Yo puedo decir que este año me trajo muchos golpes, de diversa intensidad y en diferentes áreas de mi vida. Estaría en mi derecho de decir que el 2013 no fue un buen año para mí. Y sin embargo, no voy a hacerlo.
Y no simplemente porque decir tal cosa en mi posición sería extremadamente desagradecido para con mis padres, que me han dado tanto, y para con todas las personas que me rodean y me brindan su amor. No voy a decir que 2013 fue un mal año, simplemente porque no siento que sea así.
Cierro los ojos y puedo ver los golpes que me di: Recuerdos, como moretones, que se lucen en mi cabeza. Pero también puedo ver otras cosas, quizás mucho más abstractas que han iluminado mi año y lo han hecho bueno.
La primera de ellas es que, por algún motivo u otro, este 2013 ha sido un año de cuestionármelo todo. Creo que no ha habido cosa en mi vida que no haya pasado por tela de duda. Me he preguntado a mí misma el por qué de cada cosa que hago en mi vida, y he salido de este período de inquisición con la firme decisión de implementar diversos cambios en mi vida. Algunos cambios serán un poco dolorosos, pero que así sea. No puedo decir que cuente con las respuestas a las preguntas que me hice, pero sé que me he planteado las preguntas correctas y que el solo hecho de planteármelas me ha hecho crecer.
Este también fue el año que me trajo de vuelta la escritura, que llevé varios años enterrada dentro de mí. Esto se lo debo sobre todo al señor Mario Vargas Llosa, que con uno de sus libros la ha traído de vuelta a la superficie como por arte de magia. Desde que la escritura ha vuelto que mi vida ha cambiado, para bien. Cada vez que termino un escrito siento que mi alma ha crecido. Siento que estoy siguiendo mi misión de vida. ¿Cómo no agradecer un año que me trajo tal cosa? Y no solo es escritura la que he recibido, también invaluables lecturas, que espero continúen el año que viene.
Este ha sido, además, un año de experiencias que hace mucho tiempo ansiaba tener. Estas experiencias, inesperadamente, me hicieron darme cuenta de que debo tenerme más confianza, porque lo que he vivido hasta ahora, importa, y las experiencias que a otras personas les parecen esenciales pueden no serlo tanto para mí.
Este año me ha enseñado a escuchar la voz que existe en mi interior.
Y por eso soy incapaz de rotularlo como un año negativo.

Ahora, a recibir 2014. ¡Muy feliz año a todos!

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cronos


Tenía cinco años la primera vez que soñé con un reloj que se derretía. Aún tengo el vívido recuerdo de aquel sueño estampado en mi memoria. Recuerdo que la noche anterior a que soñara con aquel reloj que se convertía en puré de metal caliente, mi madre me leyó un fragmento de “Alicia en el País de las Maravillas”.
Cuando era niña, mi madre siempre me leía algo antes de que me durmiera. Me había llamado muchísimo la atención aquel conejo apurado, cargando su reloj de bolsillo y exclamando que iba a llegar tarde. Y esa noche, además de con el reloj, soñé con el conejo. Se estaba quemando. “¡Auxilio, Julieta!” me decía. Y, antes de verlo perecer entre las llamas, vi su pequeño reloj de oro derritiéndose en cámara lenta mientras lo lamía el fuego. La expresión asustada y llena de agonía del conejo aún hoy me persigue.
Y aún el día de hoy, con ya veinte años, sigo soñando con relojes que se derriten: En piras, en el mismísimo sol,  de la nada (como entregados a su inevitable destino), relojes de hielo que se derriten progresivamente, a veces relojes que se autodestruyen, o que se desvanecen, pero, casi siempre, sueño con relojes que se derriten.
He de mencionar, además, que los relojes son un artefacto obsoleto para mi cultura. Es el año 2150 después de Cristo.
Si le preguntaras a cualquier chica de mi edad lo que es un reloj, probablemente te miraría con una expresión confundida en sus ojos. Yo soy especial, toda mi familia lo es. Somos eruditos de la historia. Es algo así como la tradición familiar. Es gracioso, porque hasta el concepto de “tradición” se está perdiendo. Por fortuna (o no, dependiendo de cómo se lo vea), vivo en Argentina, donde las costumbres occidentales tardan un pequeño período de tiempo antes de asentarse del todo. Entonces, aún puedo disfrutar de conceptos como las tradiciones o los relojes, que, aunque obsoletos, aún existen como un recuerdo lejano de nuestros abuelos.
Antes de comenzar a leer sus historias, mi madre siempre me proveía de contexto. Antes de empezar a leer “Alicia en el País de las Maravillas”, me mostró fotos de muchos artefactos, me explicó todo sobre los usos y costumbres de aquel entonces, e incluso me dio una pequeña clase sobre el período histórico en el que Lewis Carroll había dado a luz a sus grandes obras y sus inolvidables personajes, para que así pudiese entender el gran impacto que tuvo Alicia en su momento. Siempre aprecié como mi madre, a diferencia de muchos otros padres, no menospreciaba mi inteligencia ni mi capacidad de aprender solo por tener cinco años.
Fue entonces cuando conocí los relojes que se utilizaban antaño, que han sido una de las grandes obsesiones de mi joven vida. Una cosa llevó a la otra, y así fue como me topé con las obras de Salvador Dalí, llena de relojes en pleno proceso de descomposición: Derritiéndose, de hecho.
Soy una firme creyente en la reencarnación. De hecho, en mi fuero interno, estoy convencida de que en mi vida anterior yo misma fui Salvador Dalí. Tengo la teoría de que, si pudiera verlo en persona, algo dentro de mí confirmaría que en su cuerpo y en el mío mora la misma alma. Es por eso que cuando me enteré del concurso que organizaba mi universidad para viajar en máquina del tiempo a presenciar un momento del pasado a elección, salté ante la oportunidad.
Ser elegida como ganadora en ese concurso no fue tarea fácil. Además de mis tareas regulares como alumna de las licenciaturas en Historia y Artes Plásticas, tuve que estudiar muchísimos apuntes extracurriculares: La teoría del caos, la historia mundial (un tanto más exhaustivamente que en la facultad), los rudimentos sobre el funcionamiento de las máquinas del tiempo, todo esto estudiado en un ambiente extremadamente competitivo, pues más de la mitad de los alumnos de la universidad (y la mayoría de los brillantes) aspiraban a realizar este viaje. Recuerdo que, las semanas anteriores al examen, casi no dormí de los nervios. Pero mi madre me había enseñado la importancia de trabajar duro para alcanzar mis deseos más preciados. Ella hubiera estado orgullosa de mí.
Un viaje por el tiempo promedio cuesta entre uno y dos millones de pesos. Solo la gente asquerosamente rica puede realizarlos a gusto, como quien se teletransporta a un pueblo vecino. Sin embargo, algunas universidades premian con uno de estos viajes a estudiantes curiosos que harían buen uso de una experiencia transtemporal.
Y es una suerte que haya sido yo quien lo gane, y no cualquiera de mis pares. Planeo utilizar mi viaje en observar nada menos que a Salvador Dalí frente a un lienzo en plena acción y dar una vuelta por el París de principios del siglo XX. Esta experiencia, sin duda, será valiosísima cuando desempeñe mis funciones como historiadora y artista plástica. Algunos de mis pares, que, por cierto, generalmente carecen de perspectiva alguna o pensamiento innovador, planeaban usar el premio (si lo ganaban, aunque en realidad pocos tenían oportunidad alguna de ganarme) en algo tan cliché como ver a sus difuntos abuelos, en presenciar su propio nacimiento (era gracioso cómo pretendían ser pseudofilósofos al hablar de esta intención), o en ver a algún hermano que había muerto a causa de la Fiebre Nerviosa, la única enfermedad terminal que nos afecta en el siglo XXII. ¡Qué débiles y sentimentales son! ¡Cuán emocionales y llorones! Son totalmente incapaces de dejar atrás el pasado y mirar hacia delante. ¿Qué le espera a una sociedad estancada en su propio pasado?
Yo misma perdí a mi madre ante la Fiebre Nerviosa, y no por eso dejo de vivir mi vida y cosechar éxitos, como debe ser.
Fue mi madre la que me enseñó a tener entereza y fortaleza emocional. Se sentaba al lado de mi cama y me contaba historias sobre la trayectoria de la humanidad, y siempre hablaba con admiración de lo fuertes que eran los oprimidos al defender sus derechos, y lo valientes que eran los revolucionarios para poder reunir la entereza necesaria para cambiar el mundo. Recuerdo, además, que pensaba en lo fuerte que era mi madre. A diferencia de sus contemporáneos, ella se negaba a olvidar la historia de nuestra humanidad, y veía como al Apocalipsis al momento en que decidiéramos abandonar totalmente nuestra historia como a un inútil lastre cuya carga ya no se aguanta.
– Julieta – me decía – la historia es capaz de decirte más verdades sobre la naturaleza humana que la psicología, la antropología y la sociología todas juntas. Hacia atrás podemos encontrar todos nuestros errores y todos nuestros aciertos. Quien escribe la historia es quien define el destino.
Y luego se ponía a hablar sobre un libro, 1984, de un tal Orwell (uno de los tantos libros que mencionaba mi madre que aún he de leer) que prometió regalarme cuando fuese mayor.
Le debo mucho a mi madre. Espero que, de estar viva, pensaría bien de mí y de lo que soy ahora.
Una brillante ventana aparece en mi DDP (dispositivo digital personal). Me llena una ola de excitación. ¡Es el momento de llenar mi formulario oficial para el viaje! Una vez lleno, no hay vuelta atrás. Pero eso no va a ser un problema, yo sé bien qué es lo que quiero.
Me dispongo a llenarlo con los datos correspondientes. No puedo creerlo. Veré a los famosos relojes que se derriten, ícono del surrealismo, mi sueño plasmado siglos antes de que lo soñara, en proceso de creación, nada menos que a manos de ¡Salvador Dalí! Podría ver su departamento mientras él vivía allí. Y lo veré a él en persona… ¿Cuántos de mis contemporáneos van a poder presumir haber visto en persona al gran Salvador Dalí, al surrealismo hecho persona? Con un poco de suerte y me cruzo, además, con Buñuel, o Hemingway, o algún otro intelectual de la época.
Y por si todo eso fuera poco, una de las más grandes preguntas de mi vida sería resuelta. Vería a Dalí a los ojos (él, sin embargo, no sabrá que estoy allí porque en el siglo XXII hemos perfeccionado el arte de la invisibilidad, aunque tal vez sospeche a nivel intuitivo que alguien lo observa), y sin duda yo sentiría bien adentro algo que confirmaría mis sospechas: Yo soy la reencarnación de Dalí.
Pienso en mi madre. ¿Por qué será que, desde que murió, pienso en ella en el momento menos pensado?
Regreso al formulario.
“Fecha a la que usted desea viajar” Quizás debería abrir mi copia de la biografía de Salvador Dalí, no me puedo equivocar justamente ahora…
Mis dedos escriben, como autómatas, sin que pueda detenerlos “19 de abril de 2144”.
Un gran sentimiento de dicha me abrasa el pecho al darme cuenta de que iba a ver a mi madre una última vez: La vería sonriendo, y apreciaría como nunca el brillo en sus ojos que indica que está viva aún.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Lo efímero

Nota de la autora: Presenté este cuento en la tercera edición del Premio Itaú Cultural al Cuento Digital. Lamentablemente no llegó a ser finalista, pero el cuento obtuvo una crítica positiva del jurado ("Es destacable la apuesta por el género epistolar"), y, según parece, la competencia estuvo dura, ya que muchos grandes escritores se presentaron también. En realidad, esta versión es un poco más larga que la que presenté al concurso, pueden ver la versión reducida aquí. Espero que les guste.


Lo efímero 


Mi queridísima hija:
Es un día lluvioso en París. Luego de haber escuchado tus arcadas en el baño te has acostado a dormir. Como siempre, has abierto el grifo y la ducha, para que el sonido del agua que fluye oculte la comida que violentamente abandona tu cuerpo, como si realmente fueras tú lo suficientemente ingenua como para creer que no me he enterado que es una mentira eso de que no sufres más de bulimia, así como piensas que no revuelvo la basura para encontrar las jeringas que utilizas para inyectarte heroína envueltas en servilletas. Te cuesta entregarte a los brazos de Morfeo, pero al final, luego de un par de horas, comencé a escuchar tus intranquilos ronquidos.
En algún punto he encendido la televisión. Su luz espectral me encandiló al principio, para luego revelar un hermoso bosque iluminado por la luna. Y apareciste tú en la imagen, estabas caminando por un sendero de ese bosque, hermosa niña perdida, y lucías el glamour de tu confusión. Usabas un vestido muy bonito, si mal no recuerdo era de Galliano, naranja como una furiosa llama, en calculado contraste con tus fríos ojos azules, metálicos, que, como bien sabes, a veces pueden parecer hostiles. La parte inferior del vestido estaba estratégicamente desgastada para mostrar tu supuesto recorrido por el bosque, y tenía trozos de tela verde musgo adheridos para parecerse a hojas que se iban enredando a tu vestido. Tus níveos pies estaban descalzos, con las uñas pintadas del mismo azul que tus ojos, y parecían reflejar la misma luz de luna, que en realidad no era verdadera luz de luna sino una más perfecta recreación de estudio.
Y encontraste un hombre, más hermoso no lo podrían haber elegido, y casi tropiezas para caer sobre sus brazos. El tropiezo, por supuesto, era para parte del guión, y lo hiciste de una forma llena de gracia. La tensión sexual entre ustedes dos se palpaba. Recordé lo incómoda que sentí la primera vez que vi esa parte del comercial. Sé que esa interacción era solo parte de tu trabajo, pero ¡es tan difícil aceptar que ya no eres una niña! El contacto con este misterioso señor solo dura unos segundos. Una fuerza desconocida parece atraerte hacia delante. Antes de alejarte del hombre, sin embargo, lo miras con una mirada cargada de emoción. Si alguien tratara de traducir esa emoción que se encuentra en tu mirada al lenguaje literario con todos sus matices, probablemente acabaría escribiendo un libro con el grosor de una novela rusa. Es una mirada que comunica desolación, decepción por tener que partir, un corazón roto por tener que despedirse, pero no puedes quedarte. Algo más trascendente te llama. A veces sueño con esa mirada, hija mía, pero, en vez de dirigírsela al hombre, eres a mí a quien miras así. Tu mano y la del hombre se encuentran en un último amague de querer aferrarse, y todo parece un fresco de Miguel Ángel: Dios a punto de hacer contacto con la mano del hombre. Pero tú te separas, sigues tu camino, mi preciosa Adelaida, hasta llegar a un claro del bosque. En el claro hay seres surreales, parecen de otro mundo, parte de un sueño. Es como la escena de algún cuadro perdido de Leonora Carrington: perturbadora, pero pacífica a la vez. Estás rodeada de hadas, nada menos. Quienes las realizaron por computadora son unos verdaderos artistas. Y tú, tú te ves tan sorprendida, Addie, pero al mismo tiempo pareces llevar toda la vida presintiendo que esto iba a pasar. Tú también eres una artista, mi pequeña, es increíble todo lo que eres capaz de evocar con tu rostro y tu cuerpo, ¡y sin que nadie te lo haya enseñado nunca!
En medio de las hadas, se encuentra el perfume de la compañía que te pagó una generosa suma de dinero para que realices ese comercial. Una pequeña lagrimilla surca mi mejilla. Ver esta publicidad me llena de orgullo. Además de amor maternal, hay algo de mi propio ego en ese orgullo, porque fue mi vientre el que produjo al ser tan etéreo que ayudó a hacer algo tan hermoso. Tú también estás orgullosa de ese comercial, mi cielo, a tu manera, por supuesto. Te escucho alardear a menudo sobre el director con el que trabajaste, sobre el vestido que usaste, sobre los diseñadores que conociste y el modelo con el que trabajaste. Es impresionante el conocimiento enciclopédico que tienes sobre tu industria. Es inigualable el brillo en tus ojos que aparece cuando hablas de tu oficio. Se nota que no hay nada en el mundo que te haga tan feliz. Pero ser modelo te hace tanto daño, hija mía, y no puedo protegerte de el dolor que te produce, ese que te lleva a vomitar todo lo que comes y a entregarte al “no ser” de la heroína.
No me dejas ayudarte. Yo misma a veces no me permito auxiliarte, porque lo que debería hacerse por tu bien es que abandones de una vez el modelaje, pero eso te destruiría. Tu labor artística te absorbe y te vuelve un ser extremadamente egoísta. ¿No sabes todo lo que me haces sufrir? Hace ya más de seis días que te veo, y puedo ver tu belleza, sí, como siempre, pero también te veo descansando en paz, eternamente joven y bella, como sé que en el fondo quieres, en un ataúd de mármol forrado en terciopelo carmín. Ya estoy como entregada a mi destino, mi tesoro. Tendré que abandonar mi maternidad. Es demasiado para mí, hijita. Nadie debería verse obligado a considerar seriamente la mortalidad de su prole, es una de las peores torturas que se pueden infligir al ser humano. ¿No entiendes que esta carta es un último grito de desesperación?
Eres hermosa, mi vida. Quizás una de las jóvenes más hermosas que han pisado esta tierra. Cuando te ven en revistas, otras chicas pagarían el dinero que no tienen por verse como tú, es más, el hecho de que existan chicas como tú fomenta el existir de la gran industria de las cirugías plásticas. Los hombres que se tropiezan con tu imagen terminan teniendo sueños eróticos contigo como protagonista. Tus propias colegas te envidian, y entran al mismo juego que tú, a ese póker en contra del cuerpo que las coloca al borde de la muerte, tratan de ser más pícaras que sus sistemas digestivos, cuando al final siempre juegan para perder, y tú y ellas lo saben. Pero tus colegas no entienden (y, al parecer, tú tampoco) que pueden ser más delgadas que tú, pero jamás igualar el alma que se transparenta en tus ojos, tu rostro y tus movimientos. Ellas son simples seres animados, tú pareces algo frágil y hermoso que viene de otro mundo.
Aunque, si tengo que ser sincera, el día en que naciste ya intuía cuál iba a ser tu destino, con todas sus grandezas y todo el dolor que me traería. Eras tan frágil, incluso más frágil que otros recién nacidos. Te trataba como si estuvieras hecha de cristal, y luego soñaba que te convertías en una muñeca de porcelana que encontraba su lugar al precipitarse en el suelo y volverse añicos. Tu respiración era como la más tenue y débil brisa, creo que la controlé más a menudo que una madre promedio.
Tú entiendes tu fama y tu belleza a un nivel intelectual, pero no a un nivel emocional, no has dejado que lo bueno de tu vida tome residencia permanente en tu corazón. En tu corazón, nunca harás las paces con tu cuerpo, ni contigo misma. No creas que te creo cuando caminas por la pasarela mostrando una actitud invencible y confiada, sé que es todo actuación. No creas que soy ciega al hondo desprecio con el que miras tu reflejo, tus pómulos, tu abdomen, tus caderas, tus muslos. Me partes el corazón, hija. Y sigo sirviéndote verduras y bistec, como una reverendísima tonta. Sé que todo va a parar al inodoro. Y te sigo dando dinero, con miedo de que te pierdas y debas tomarte un taxi, con miedo de que te agarre hambre y quieras comer algo (que luego se quede en tu estómago, porque así de ingenua y optimista soy), pero sé que gastas ese dinero con los narcos.
Te me estás escapando de las manos. Traté de salvarte. Fuiste a rehabilitación para tus dos problemas en conjunto, pero no poder hacer tu arte te llevó a un horrible intento de suicidio. Estoy entregándome, ahora, a la resignación, a verte infeliz, pero menos infeliz que en ese hospital (¡que en realidad era tan indispensable para ti!). Eres como un ave que va volando directamente a la boca de su depredador, pero, si te trato de enjaular para que no alcances tan terrible destino, morirías de angustia. Representas un peligro enorme para ti misma, y no hay nada que pueda hacer al respecto. Yo, que nunca fui religiosa, rezo todos los días para que se te conceda un día más de vida, y para que a mí se me conceda un día más como tu madre. Rezo para que tu conciencia te convenza de que debes dejar de matarte, ya sea deliberada o gradualmente. Me siento tan débil. Ya no hay nada que pueda hacer para ayudarte, no me escuchas ni me haces caso.
Eres como una frágil y etérea mariposa, símbolo de lo efímero, de lo hermoso que desaparece demasiado pronto… Tú, mi querida hija, mi hermosa mariposa, te vas a convertir en polvo.
Lamento no poder ser la madre que te mereces. Lamento no poder hacer nada para salvarte. Lamento haberte permitido fotografiarte aquella vez a lo topless, en el fondo no estabas lista para eso y ambas lo sabíamos. Lamento haber permitido que esta y otras tantas ocasiones te hayan enseñado la errada lección de que una mujer solo encuentra su valor en su apariencia. Lamento no darte un mejor ejemplo de vida. Lamento no estar furiosamente destruyendo todas las fotos de mujeres enfermizamente delgadas, que tú y tantas otras toman como desafortunado ejemplo. Lamento no estar quemando toda la heroína que existe en grandes piras. Lamento no haber golpeado a todos lo que te dijeron que no podían trabajar contigo porque no eras lo suficientemente delgada.

Perdón, hija.

Sabes que te amo. Eres la razón de mi existir.

Y no puedo salvarte.

Por favor, sálvate a ti misma antes de que sea demasiado tarde.

Por favor.

Mamá